LUCIO GIL DE FAGOAGA: 

BREVE APUNTE DE UNA BIOGRAFÍA

 

David M. Rivas del libro "La Filosofía Truncada: ensayo sobre la obra filosófica y psicológica de Lucio Gil de Fagoaga".

 

En Requena, el 6 de septiembre de 1896, Belén de Fagoaga, esposa de Alejandro Gil, dio a luz un niño. Nació Lucio en el número 20 de la calle de San Luis, en la casona familiar que su tatarabuelo José Alarte levantara en los años de la Revolución Francesa, y en la que había instalado una fábrica de sedas. Venía al mundo en el seno de una familia distinguida que obtenía sus rentas de la producción agrícola, especialmente de un buen lote de viñedo, que era la principal riqueza de la región.

 

 

 

Nace Lucio Gil de Fagoaga en un momento clave de la historia de España. El modelo político de la restauración borbónica se encuentra agotado casi desde su implantación y sólo faltan dos años para que se liquide aquel imperio en cuyas tierras jamás se ponía el sol. Pero, además, nos encontramos en una época particularmente significativa para Valencia. El llamado «viraje proteccionista» que Cánovas había dado en 1892 no era precisamente favorable para el desarrollo de un país que, como el valenciano, tenía su vocación proyectada hacia el exterior.

Ayer a las doce y tres cuartos Comenzó la votación nominal para adjudicación de la Cátedra de Estética del Doctorado de Filosofía y Letras de la Universidad Central. Un numeroso y selecto público asistía al aula 2 del Instituto del Cardenal Cisneros. Leído por el secretario del Tribunal, doctor Torres Ruiz, el reglamento, se procedió a la votación. Comenzó el doctor Andrés Torres Ruiz (catedrático de Valladolid) dando su voto al señor Jordán de Urríes. Siguió el doctor Parpal (catedrático de Barcelona) votando al mismo señor. Después el doctor Melón (catedrático de Zaragoza) también al señor Jordán de Urríes. El profesor Bonilla San Martín, sabio catedrático de la Central: "Tengo el honor de dar mí voto al doctor don Lucio Gil de Fagoaga". El presidente del Tribunal, profesor Herrero. " Al doctor don Lucio Gil de Fagoaga". Del público se levanta un joven doctor en Filosofía (que, como otros muchos, había asistido a los ejercicios de la oposición>." Tres votos dan la amistad, dos la competencia’>. En medio del murmullo, otro exclama: "Dos dan la ciencia, tres el compadrazgo". Varías voces: "Es una infamia". Otras: "Es una vergüenza". El presidente manda desalojar el local. En la calle Ancha de San Bernardo, los profesores Bonilla San Martín y Herrero recibieron un aplauso y entusiasta ovación. Los otros tres señores se quedaron en el aula sin osar salir, hasta que transcurrió un tiempo prudencial. Huelgan los comentarios.

 

Al margen del desarrollo de la oposición, el escándalo se produjo por el encontrado perfil de los candidatos. Gil de Fagoaga, abiertamente contrario al asfixiante peso de la Iglesia en la educación, representaba la independencia de criterio, la tolerancia desde la racionalidad y el espíritu liberal. Por su parte, el contrincante era un católico conservador. De todos modos, no obstante el enfrentamiento ideológico que se produjo, justo es decir que la biografía intelectual del vencedor ni era ni fue mediocre, como se desprende de su nómina de publicaciones. Además, José Jordán de Urríes, nacido en Zaragoza dieciocho años antes que Lucio Gil, ya era, desde 1902, catedrático de Teoría de la Literatura y de las Artes de la Universidad de Barcelona. Pero también, dada la composición de aquel Tribunal, se creyeron ver claves explicativas de la votación en su origen aragonés y en su procedencia académica catalana.

También trabajaría como abogado, habiendo sido pasante en el bufete de Santiago Alba e inscribiéndose en el Colegio de Madrid en 1927. En su actividad de letrado, desempeñada hasta la guerra civil, participó en todo tipo de causas, sobre todo penales, incluyendo algunas que podrían parecer curiosas, como determinadas causas por atentado.

 

Pero no todo fue estudio, trabajo jurídico y actividad investigadora. Tuvo cierta actividad política en Requena, organizando la Liga Política de Renovación y constituyendo el alma del periódico Eco de Levante, desde cuyas páginas fustigó al caciquismo de la restauración, y colaborando con La Voz de Requena, cuya cabecera rezaba «Semanario anticaciquista». Compartió afinidades políticas con su hermano Alejandro, que sería destacado miembro de la Juventud de la Izquierda Liberal, grupo que a principios de los años veinte tenía su sede madrileña en la calle del Príncipe.

 

Es muy significativa la agria disputa que mantuvo con el diputado provincial valenciano José García Montés. Corría el año 1920 y García Montés imprimió una hoja en la que se defendía de la crítica que, desde el Eco de Levante, se le había hecho. Su defensa estaba basada en un ataque verdaderamente duro contra Gil de Fagoaga. Pese a su permanente búsqueda de suavidad de formas y de equilibrio intelectual, éste arremetió sin contemplaciones. Tras tildar de poco ilustrado al diputado y acusarle de abanderado del sistema caciquil, expone cuál está siendo su propio papel en la sociedad requenense.

 

Asegura Lucio Gil que rechazó actas de diputado porque con ellas se pretendía mantener una tapadera política pero que, sin contar con prebendas ni cobrar desmesuradas minutas a los ciudadanos —cosa que es de suponer que hacia García Montés—, se había dedicado a aconsejar y discutir sobre todo tipo de problemas públicos. Añade Gil que su papel en Requena es claro: el de volver a levantar la bandera del liberalismo y el de sembrar inquietudes morales frente al letargo de escepticismo que los políticos al uso estaban extendiendo. Y, por último, se enorgullecía de un logro añadido: el de conseguir sacar de quicio a ciertos diputados provinciales.

 

En estos años, la opinión política de Gil de Fagoaga es muy apreciada, especialmente en Valencia. Pero, cuando se instaura el directorio de Primo de Rivera, parece renuente a hacer pública su posición sobre el gobierno militar. A este respecto, existe una carta de Ramón de Castro, senador por Valencia, en la que le solícita su opinión sobre el particular y se compromete a hacer llegar a Gil su propia opinión. No conocemos por el momento el contenido de las dos cartas siguientes, ni siquiera sí fueron escritas, pero es posible que tengan importancia. Y puede que así sea porque, a partir de estos años, su interés por la política decae.

 

Algo debió suceder de suma importancia porque, cuando se proclama la República y el clima político se eleva, la participación ciudadana se incrementa y los más brillantes intelectuales llegan a las cimas del Estado, Gil de Fagoaga no aparece ni en un discreto segundo plano. Parece que no tiene actividad, no haciéndose presente ni siquiera en el Ateneo, de donde salieron los más representativos intelectuales que contribuyeron al intento de la más titánica obra de regeneración de la sociedad española, empezando por Azaña y terminando por Fernando de los Ríos, catedrático de Derecho Penal en la misma Universidad Central y último presidente electo del Ateneo.

 

Pocos meses antes del pronunciamiento de Primo de Rivera, y trabajando en sus labores como auxiliar de la Facultad de Filosofía, la coyuntura académica le había sido propicia. El 23 de enero de 1923, contando veintiséis años y sin complicación alguna, obtuvo la cátedra de Psicología de dicha Facultad, que había desempeñado Bonilla. Y, al día siguiente, el diario El Liberal se congratulaba de que, por fin, se había hecho justicia en la Universidad. La espina conservadora clavada en 1919 estaba sacada. Ese mismo año escribe Esquema de un programa de Psicología superior.

 

Según sus mismas palabras, tardó dos años en recuperarse del esfuerzo que había realizado. Fue entonces cuando estuvo a punto de casarse, pero continuó soltero hasta final de su vida. Siempre dijo que, aunque tuvo varias novias, nunca encontró el «momento oportuno» para el matrimonio.

 

En 1924, el profesor Ziehen inauguró el laboratorio creado por Gil de Fagoaga y éste comenzó a trabajar concienzudamente en la fijación de los nuevos paradigmas que aparecían en la Psicología. De nuevo coincidía con el viejo espíritu jovellanista al considerar que una enseñanza científica exigía introducir nuevos estudios, lo cual obligaba a la alteración de los estatutos universitarios y de los métodos de la institución. Al poco tiempo pudo poner estas ideas en práctica, cuando fue nombrado secretario de la Facultad. Desde este puesto logró asignarse un local y adquirir el material indispensable para que su laboratorio fuese suficiente. Instaló un archivo en el Salón de Grados y aparatos de prácticas en la Sala de Profesores, cuyo aspecto puede contemplarse en unas fotografías de la revista La Esfera. En 1925 escribe El psicoanálisis y su significación, y un año después, El último sendero de Alfonso Bonilla.

 

La labor de Gil de Fagoaga en estos años se dirigió hacia la que él entendía como mayor necesidad para el estudio de la Psicología en la Facultad: la adaptación española de la revisión que Stanford había realizado de la escala de Binet y Simon, muy en boga entonces en el campo de la Psicotecnia y la Psicometría. A ese trabajo dedicó dos años y, al fin, en 1926, la imprenta de Ratés publicó el libro. A partir de entonces, entiende Gil de Fagoaga que ya era posible determinar con facilidad las edades mentales.

 

Pero era necesario adaptar también los perfiles y obtener los percentiles españoles que permitieran realizar las mediciones, cuestión a la que dedicó varios años, en colaboración con sus alumnos. En su discurso inaugural del curso de 1929 (La selección profesional de los estudiantes), fijó los fundamentos de la programación, pero no alcanzó la obtención definitiva de perfiles y percentiles hasta veinte años más tarde. Al mismo tiempo, continuó con sus investigaciones filosóficas, escribiendo en 1930 La solución de Espinosa al problema cartesiano. En este mismo año fue invitado a dictar varias conferencias en las Universidades de Berlín y de Hamburgo en torno a la historia de la filosofía española.

 

Su labor administrativa en la Facultad también cosechó éxitos. Desde la Secretaria impulsó una política de renovación del viejo centro, invitando a los más destacados profesores de la Europa de la época. De gran importancia fueron los cursos de literaturas alemana, inglesa, francesa, italiana y portuguesa, impartidos por especialistas de Universidades de estos países. Pero, sin duda, el mayor éxito del secretariado de Lucio Gil fue la fundación de los Cursos para Extranjeros, que solamente existían en la Residencia de Estudiantes. Hoy, casi setenta años después y con los cambios que los tiempos y las modas aconsejaron u obligaron, estos cursos siguen impartiéndose.

 

Poco después fue elegido interventor del Patronato Universitario, con lo que hubo de enfrentarse a los entresijos de la contabilidad y de la administración económica. No sabemos con exactitud el papel desempeñado en esta función pero, teniendo en cuenta la meticulosidad del personaje, cabe pensar que fuera, cuando menos, satisfactorio.

 

La actividad de Gil de Fagoaga se multiplica cuando la Universidad se extiende hacia la calle del Noviciado, por mor de la denominada "ampliación Valdecilla", y todo hacía pensar en una más brillante y dilatada carrera académica. Pero los acontecimientos históricos se aceleraron. Cayó el modelo caciquil —tan combatido por él— y, lógicamente, arrastró tras de sí a la monarquía de Alfonso XIII que lo había consolidado, se instauró la República y estalló la guerra civil. Los sueños de Lucio Gil no cristalizaron. Muchos profesores desaparecieron, los más comprometidos con el régimen democrático porque se incorporaron a la milicia o desempeñaron cargos en el régimen, los contrarios a la República por miedo o para intentar llegar a las líneas de los rebeldes, y la mayoría porque trataron de encontrar un lugar más seguro que Madrid. En estas fechas se perderían los aparatos y la biblioteca de la cátedra, desapareciendo la edición completa del Homenaje a Bonilla San Martín que el propio Gil de Fagoaga había preparado. Se trataba de dos gruesos volúmenes que posiblemente fueron —escribe con soma su compilador— «buen material para barricadas».

 

En su casa de la madrileña calle de Ríos Rosas tenía Gil una importante biblioteca, cuya base principal era el fondo comprado a la viuda de Bonilla. De entonces data una anécdota curiosa. A su casa llegaron un día unos milicianos a requisar sus libros, dándose la circunstancia de que entre ellos iba un empleado de la Universidad que, lógicamente, conocía al profesor. En un momento critico, este miliciano consideró absurdo lo que estaban haciendo y reprochó a sus compañeros su acritud, explicándoles que aquel hombre era un trabajador y que podía ser maestro de sus hijos, y que no era justo privar a un trabajador de sus instrumentos de trabajo. Ante tal argumentación, típica de los militantes anarquistas, los milicianos, seguramente de la CNT o de la FAI, se marcharon sin tocar ni un solo libro ni tampoco, por supuesto, a su propietario.

 

Los años de la guerra los pasó en Requena, en la casa en la que había nacido, dedicado a funciones de granjero para —dice— «obtener apenas el pan de cada día o los sucedáneos de éste». De estos años no tenemos noticias, salvo que siguió leyendo y estudiando, y —seguramente— pergeñando su sistema filosófico.

 

Cuando finalizó la guerra, Gil de Fagoaga regresó a la Universidad. Tal vez por la necesidad de restaurar los grandes destrozos que había causado la contienda, se centro en temas españoles y trabajó sobre problemas españoles, perdiendo incluso un hasta entonces afán viajero que le había llevado a Portugal, Francia y Alemania, país este último que mucho apreciaba.

 

Durante este periodo, entre la guerra y finales de los cuarenta, siguió de cerca los trabajos de Terman y Rossolimo y fue obteniendo pacientemente un método para la obtención de perfiles adultos. Pero los logros de tales estudios le parecieron poco representativos para estimar valoraciones colectivas y se dedicó, ayudado de nuevo por sus alumnos, a elaborar otra serie de más fácil aplicación colectiva, que fue percentilada mediante más de 12.000 experiencias. De este modo, en 1949 presentó esta importante aportación en el IX Congreso Internacional de Psicología, celebrado en Berna. Así, pues, tras dos décadas de detención, su trabajo daba los frutos.

 

En esta época de sosiego, además de su trabajo en la cátedra de Psicología, hubo de hacer frente a las asignaturas de Antropología y de Psicología del Niño y del Adolescente, siendo esta última disciplina, perteneciente a la Sección de Pedagogía, la que más le entusiasmó de entre todas.

 

Asegura que le hacían dichoso «el humanismo de los alumnos y maestros de instrucción primaria, su ingenuidad y adorable dedicación a los estudios y las prácticas, su desinterés y su bondad». De este modo, trabajó con éxito en su rehecho laboratorio de la Ciudad Universitaria.

 

En esta época es nombrado profesor de Psicología de la Facultad de Medicina y durante años impartirá sus cursos en el viejo edificio del Hospital de San Carlos, en la calle de Atocha.

 

También dedicó esfuerzos durante estos años a mejorar la explotación de sus propiedades en Requena. La hacienda se había incrementado notablemente con la compra por parte de su madre de las tierras de la condesa de Vigo, y a la prosperidad de casas y predios dedicó todo su tiempo libre.

 

En estos años cuarenta y cincuenta va a continuar con el que fue el tema central de sus preocupaciones y que le va a ocupar su quehacer hasta el final de su vida docente: la selección profesional. Después de su participación en el congreso de 1949, adaptó las metodologías de Szondi y de Strong, así como también profundizó en la teoría de la corrección del perfil morfológico mediante la aplicación del «perfil vocacional». Esta teoría y su aplicación las consideró terminadas y comprobadas hacia 1965, con lo que llegó a lo que entendió como la cumbre de su labor. Este trabajo fue retomado unos años más tarde, como estructura básica de sus Notas de psicología para educadores, publicadas en 1972. Un largo trecho había recorrido Gil de Fagoaga desde aquel discurso inaugural del lejano año de 1929.

 

En 1966 le llegó la hora de la jubilación, pero Camón Aznar, a la sazón decano de la Facultad de Filosofía y Letras, le rogó que continuase su labor. Aceptó tal invitación e impartió cursos monográficos de doctorado en Filosofía y en Pedagogía hasta mediados de los años setenta. A la vez que mantiene su vinculación docente con su Facultad, imparte Historia de la Filosofía Española en los cursos para extranjeros, a los que estaba adscrito desde hacía varios años, continuando también con la dirección de tesinas y tesis doctorales. Estas casi dos décadas de docencia en los cursos superiores de la Universidad le servirían para meditar y fijar diversos puntos de su sistema filosófica Una exposición del mismo, tal vez la obra que había servido para comprender el pensamiento de Gil de Fagoaga, no fue llevada nunca a cabo, y el sistema permanece, por tanto, inédito.

Lucio Gil de Fagoaga escribió en una ocasión que el horóscopo de su nacimiento se resumía en la palabra «equilibrio» (aunque nació bajo Virgo y no bajo Libra, por anotar astrológicamente su autodefinición). Y entendía que las notas más definitorias de su vida y de su pensamiento eran varias: «calma con una voluntad firme, espíritu crítico sobre toda novedad, revestimiento estético de la realidad pura, serena economía en el curso de la vida, afán de progreso dentro de lo posible, independencia radical atacando lo establecido, amor a la humanidad reconociendo sus defectos, alegría permanente superando la desdicha y el dolor».

 

A ello habría que añadir un espíritu joven hasta el fin de sus días, espíritu que él mismo atribuía a que la juventud de sus alumnos le remozaba, por lo que siempre se consideró en deuda con ellos, no sólo por la sugestión de ideas nuevas que le brindaron sino, sobre todo, por el impacto que su lozanía había provocado en su vida entera. En el fondo, puede que latiera en el corazón de Lucio Gil aquella vieja definición de "universidad de los escolares" que Alfonso X El Sabio acuñara: "Ayuntamiento de maestro y escolares que es hecho en algún lugar con voluntad y con entendimiento de aprender los saberes".

 

Entendió Gil de Fagoaga la Universidad como centro de formación integral del individuo. En este sentido, fue heredero de tres notables tendencias: de la universidad medieval tomó la idea de que el principal objetivo era la búsqueda de la verdad, de la dieciochesca inglesa, la tarea de formar a la persona en el liberalismo, y de la decimonónica alemana, la dedicación al cultivo de la ciencia.

 

Sus últimos años los pasó en Requena, en su destartalada y nada funcional biblioteca, sentado ante su vieja mesa y fumando tabaco de producción propia en una pipa añosa y quemada, acariciando viejos proyectos —su sistema filosófico—, leyendo y conversando. Mantuvo cierto contacto con el exterior pero siempre se mostró crítico con lo aparentemente novedoso, y sus opiniones sobre algunos celebrados personajes del mundo intelectual y universitario no eran tan siquiera caritativas. Sin embargo, era de conversación pausada e inteligente, especialmente en torno a unos vinos añejos especiales que guardaba celosamente.

 

Lucio Gil de Fagoaga murió en su casona de Requena en el amanecer del día de Navidad de 1989, contando noventa y tres años, dejando una obra inconclusa y desperdigada, una biblioteca extraordinaria que casi no contiene obras posteriores a los años treinta del siglo XX, un considerable patrimonio que legó a la Fundación que lleva su nombre y muchas incógnitas. Tal vez la principal sea la de por qué se apartó de la vida pública, se exilió de la Universidad sin haberla abandonado nunca y decidió no entregar a la imprenta la mayor parte de sus obras.

Pero las circunstancias históricas y económicas que influyen en la vida de una persona no son apreciadas cuando se es niño o muy joven. Y Lucio Gil vivirá sus primeros quince años en el ambiente agradable de la familia y la ciudad requenense. El mismo recuerda, en una escueta autobiografía publicada por la Revista de Historia de la Psicología en 1980, que pasó una infancia feliz, propia de un entorno familiar equilibrado, «austero sin ser áspero, libre sin padecer desarreglo, dulce sin caer en lo empalagoso». Recuerda también el ambiente de la Requena festiva: sus ferias, la Navidad, las comparsas de Carnaval, en las que —desde temprana edad— tocaba el violín y el laúd, la entrañable amistad de la adolescencia, las fuentes y el verano. Pero también tiene un emocionado recuerdo para algo que le va a acompañar a lo largo de toda su vida: la pasión por los libros.

Estando vacante la cátedra de Estética de la Facultad de Filosofía y Letras, Lucio Gil se presentó a la oposición, cargado de estudios, ideas y proyectos. Pero, tal y como él recordaba, no todo era filosofía, sino que las oposiciones también eran un juego de fuertes pasiones. Fue el 28 de febrero de 1919. Al final, en medio de un enorme escándalo, obtuvo solamente dos de los cinco votos, habiendo contado con el del presidente del tribunal, además de con el de Bonilla, entonces decano de la Facultad. Los periódicos se hicieron eco de la noticia y no dudaron en atribuir tal decisión a la notoria arbitrariedad del tribunal.

 

Es interesante reproducir lo que publicaba El Siglo Futuro al día siguiente:

 

Para muchos, Gil de Fagoaga enlazaba con aquel espíritu krausista, de tantos significados, pero que representaba un común intento ilustrado de reforma de la educación. Quizás, Gil encarnaba más de lo que él mismo percibía, ya que, con su deseo de integrar el conocimiento español en la órbita del racionalismo europeo, compartió con los krausistas finiseculares un «estilo de vida». Como ellos, Gil deseaba una total reforma de la enseñanza universitaria, combatiendo los vicios de la ociosidad y la comodidad y propiciando, frente a todo esto, un ambiente de trabajo y de honestidad. Por eso entendieron esos muchos que había sido sacrificado por parte de reaccionarios católicos, tradicionalistas y antiliberales.

 

Firme en su deseo de alcanzar la cátedra, Gil de Fagoaga tuvo que esperar cuatro años más, en la espléndida biblioteca del Ateneo. Es entonces cuando comienza a preparar sus libros, destacando la publicación de su tesis doctoral en Filosofía, traducción directa del griego de las teorías sobre el escepticismo y las hipotiposis pirrónicas de Sexto Empírico, con edición de la Casa Reus, de Madrid, en 1922, después de un trabajo de diez años. Asimismo, había escrito Exposición y crítica de la «Crítica de la razón pura» de Manuel Kant (1917) y Gramática, retórica y dialéctica(1918).

A los dieciséis años se traslada a Madrid como estudiante universitario, instalándose en el 14 de la castiza calle del Humilladero, entre La Fuentecilla y San Francisco, en casa de «La Pepa», quien había sido criada de José María Zenón, sacerdote requenense. Este cura había vivido largos años en dicha casa, acompañado de su ama, la también requenense doña Fulgencia. Para Gil de Fagoaga, la cordialidad y la buena fe de la patrona y el hecho de que la mayor parte de la media docena de huéspedes fueran de Requena, convertían la pensión en algo similar a la Casa de la Troya.

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